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ATRIO DE LA CATEDRAL

 

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No. 698      14/04/18

 

 

– Nuestro agradecimiento a la gentil comunicadora Yamiri Rodríguez Madrid por compartirnos esta inapreciable entrevista  y sus oportunos comentarios, con el títulado “Los cuentos de una vida; descanse en paz el maestro Pitol”

 

Se fue el maestro Sergio Pitol. Se fue uno de los grandes de las letras iberoamericanas.  Hoy reproduzco, en su memoria, una de las varias espléndidas entrevistas que me dio.  Esta fue después de haber ganado el Premio Príncipe de Asturias, uno de los muchos galardones que su fantástico talento le dio.

 

Seis años de su infancia pasó postrado sobre una cama a consecuencia del paludismo. Ahí, Sergio Pitol Deméneghi aprovechó para conocer, para fascinarse, de los mundos que describían en sus páginas sus hasta hoy favoritos: la locura plasmada en los cuentos de Nikolai Mogol o la vida de los cosacos y moscovitas, en los libros de León Tolstoi.

 

Muy similar a la vida de Niétoschka, un personaje de Fedor Dostoievski que vivió una infancia dura, Sergio Pitol perdió a su madre a los cuatro años, después a su padre y a su hermana; y aunque la vida parecía no sonreírle, 73 años después es uno de los máximos exponentes del mágico realismo latinoamericano, es el ganador del Premio Cervantes 2005.

 

Han pasado 45 años desde que el escritor puso punto final a su cuento “Cuerpo presente” allá en Roma; en todas esas décadas ha logrado que las peripecias de esos estudiantes, hombres de negocios y cineastas que ha parido a través de su pluma, hicieran de él un escritor de culto.

 

El “maestro” ha dicho una y otra vez que los claroscuros de su niñez, allá en Potrero, han sido pieza fundamental en la trama de sus libros: una abuela, doña Catalina Buganza, a la que nunca olvida y a la que evoca no sólo cuando los males físicos lo agobian, sino que lo acompaña en sus momentos de alegría, como cuando en abril de 2005 recibió el Premio Cervantes.

 

Esas mismas vicisitudes que tuvo que enfrentar siendo muy niño, fueron las que lo llevaron a convertirse en el escritor consumado que es hoy, pues la enfermedad que lo recluyó fue la misma que lo hizo descubrir su pasión por la literatura.

 

“Mi abuela vivía para leer todo el día sus novelas. Su autor preferido era Tolstoi. La enfermedad me condujo a la lectura; comencé con Verne, Stevenson, Dickens y a los doce años ya había terminado “La guerra y la paz”A los dieciséis o diecisiete años estaba familiarizado con Proust, Faulkner, Mann, la Wolf, Kafka, Neruda, Borges, los poetas del grupo Contemporáneos, mexicanos, los del 27 españoles, y los clásicos españoles”, rememoró en su discurso ante los Reyes de España.

 

Tras los años difíciles, Pitol Deméneghi se convirtió en abogado y filósofo; a los 27 años comenzó su vasta carrera diplomática que lo llevó a tierras tan lejanas como Belgrado, Varsovia, Roma, Pekín, París, Budapest, Moscú y Barcelona, mismas que le sirvieron de telón de fondo para sus relatos.

 

Él mismo cuenta que en Barcelona terminó de escribir “El tañido de una flauta, en Varsovia se cortó ‘el cordón umbilical’ que lo unía con su infancia y en Praga tuvo un encuentro frontal con la parodia.

 

“Si es cierto que las pulsiones de la niñez nos acompañarán hasta el momento de morir, también lo es que el escritor deberá mantenerlas a raya; evitar que se conviertan en un candado para que la escritura no se transforme en cárcel, sino en reserva de libertades”.

 

Pero su carrera no sólo ha brillado por sus creaciones literarias, sino también por las impecables traducciones que ha hecho de Henry James o Anton Chejov; de “Las puertas del paraíso”, de Jerry Morzejweski, y “Las excentricidades del cardenal Pirelli”, de Roland Firbank, “como lo hicieron en su tiempo, con otras obras, Jorge Luis Borges o Franz Kafka”.

 

Pitol nunca se casó, más escribió con éxito “La Vida Conyugal” -una de sus obras más representativas y que incluso recientemente fue traducida al chino-; eso sí, tuvo muchos hijos, no de carne y hueso, sino de pasta y hojas.  Su favorito: “El Mago de Viena”.

 

“El que más me gusta es el último, que se publicó hace unos meses, que yo creo que ese libro fue fundamental para el jurado del Premio Cervantes, “El mago de Viena”; otro es “El Arte de la Fuga”.

 

La lista es larga: “Infierno de todos” (1971), “El tañido de una flauta” (1973), “Nocturno de Bujara” (1981), “Juegos florales” (1985) “El desfile del amor” (1985) “Domar a la divina garza” (1988) “Vals de Mefisto” (1989) “La casa de la tribu” (1989) “La vida conyugal” (1991) “Todos los cuentos más uno” (1998) y “Soñar la realidad” (1998).

 

Sus obras más recientes son “El viaje” y “Todo está en todas las cosas” (2000) “De la realidad a la literatura” (2002) “El mago de Viena” (2005) y la selección “Los mejores cuentos” (2005).

 

Tras el PremioCervantes, equivalente al Nobel de la Literatura, Sergio Pitol se siente renovado para continuar con esa obra que por meses ha mantenido inconclusa, pero también preparado para recibir más reconocimientos que seguramente guardará junto con el Premio Nacional de Novela de México (1973) el Xavier Villaurrutia (1981) el Premio Nacional de Literatura de México (1983) el Herralde de Novela (1985) el Premio Nacional de las Artes y Letras de México (1994) el Juan Rulfo de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (1999) el Premio Internacional Bellunesi che Hanno Onorato, la Provincia in Italia en el Mondo (2000) o el Premio Nacional Francisco Javier Clavijero, de México (2002).

 

“Recibir el Premio Cervantes fue maravilloso realmente; de calidad, de fraternalidad, algo mágico (…) Siento felicidad y gratitud, pues los 50 años que llevo trabajando han dado frutos porque el Cervantes es el premio más absolutamente importante de la lengua castellana”.

 

Mientras la tos se apodera de él –pues dice que en los últimos meses la bronquitis lo ha asolado- admite que en 50 años que lleva dedicado al arte de escribir, jamás se imaginó que fuera a recibir tan importante distinción.

 

“Jamás, jamás, jamás; ni siquiera en estos últimos meses o años que tengo mucho éxito y que soy muy conocido en el mundo, por mis traducciones y una cantidad de libros, no me hubiera yo imaginado.  Yo creo que este ha sido un año casi mágico”.

 

Tras el premio de cien mil dólares, el escritor va en busca de nuevas emociones, de refrescar viejas reminiscencias: aprovechó para recorrer viejos y míticos poblados españoles, para pasear por tierras chinas, para reencontrarse con ternura, con el Pitol que a sus 24 años  se adentraba en el mundo de la literatura.

 

Bien lo cita en el prólogo de Infierno de todos”: (…) regresar a los primeros textos exige del escritor adulto una activación de todas sus defensas, para no sucumbir a las malas emanaciones acumuladas con el tiempo.  ¡Más valdría un voto de no dirigir nunca la mirada hacia atrás!”.

 

Hoy sabe que puede hacerlo sin vacilar; que esos primeros relatos que concluían casi siempre en demencia o muerte, lo convirtieron en el hombre que es hoy: el tercer mexicano en recibir el Premio Cervantes (Carlos Fuentes lo obtuvo en 1987 y seis años antes, Octavio Paz).

 

Oriundo de Puebla pero veracruzano por adopción, ha hecho de Xalapa su hogar.  Pitol pudiera vivir en las tierras de Cervantes o en la fría Moscú, si así quisiera; pero prefiere echar a volar la imaginación con un lápiz en la mano, mientras observa como cae la tarde por esa ventana que da a la xalpeña calle de Pino Suárez.

 

Más de una década después, descansa en paz el maestro Pitol.

 

LOS REFLECTORES POLITICOS

 

– Agradecemos al columnista Miguel Ángel Cristiani González nos envíe su leída Bitácora Política, ahora con el título de

“La Cara Partidocracia”.

 

Un tema de las elecciones que no ha sido muy comentado, porque la mayoría de las notas periodísticas en los medos masivos de comunicación se enfocan a los dimes y diretes, que todos los días lanzan los candidatos en campaña, es el del costo de las elecciones federales y estatales, que como ya se está haciendo una costumbre, este 2018 también serán las más costosas de la historia de nuestro país.

 

Por principio de cuentas, habría que recordar que de acuerdo con el proyecto de financiamiento público para las actividades de campaña, que fue aprobado por el Consejo General del INE, este año se destinan 2,148 millones de pesos para los gastos de campaña, de los nueve Partidos que se integrarán a la contienda. Asimismo, se destinarán 42,963,332 pesos para el financiamiento de las candidaturas independientes.

 

Esta cantidad es 21.76 por ciento más alta que lo que se destinó a las campañas electorales durante 2010, cuando se torgaron sólo 1,680.5 millones de pesos.

 

Además, no contempla el financiamiento para actividades ordinarias de los Partidos políticos, actividades específicas, franquicia postal y franquicia telegráfica, que da una suma final de 6,702 millones de pesos.

 

Los nueve Partidos que integrarán la contienda recibirán en conjunto 2,148 millones de pesos, más los 42 millones de pesos que recibirán los candidatos independientes.

 

El presupuesto de este año para el INE también será el más alto de la historia, en un año electoral. De acuerdo con el presupuesto de Egresos Federal 2018, este organismo autónomo recibirá 24,215 millones de pesos para su ejercicio.

 

Este monto es 34.11por ciento más alto que el del 2012, cuando se destinaron 15,953 millones de pesos para el gasto de este organismo y 50.88 por ciento más que el de 2006, cuando se entregaron al entonces IFE 11,892 millones de pesos.

 

Pero aunque en estas cifras multimillonarias se refleja un crecimiento desproporcionado año con año en los presupuestos para los gastos de las campañas electorales de todos los Partidos, lo cierto es que no se ven mejores resultados porque pareciera que lo único en que se gastan miles de millones de pesos son en spots de radio y televisión, que uno tras otro y en carruseles, nos están bombardeando con anuncios sobre actuados o para denostar a los oponentes.

 

Porque además, aunque se habla de transparencia y claridad en el gasto, cuando se trata de contratar publicidad en otros medios de comunicación, la respuesta de los Partidos es la misma: que no tienen dinero y entonces cabe preguntar ¿En qué se gastan esas cifras multimillonarias que comentamos al inicio de esta columna.

 

Ahora resulta que hasta tendríamos que recordar con cierta nostalgia aquellos años ya idos, cuando sin tener tantos miles de millones de pesos, los Partidos políticos y sus candidatos, aparecían por todos lados y en todos los medios.

 

No sólo en algunos espectaculares, como ocurre ahora, sino que prácticamente todas las avenidas y calles en las colonias eran tapizadas con pendones y las bardas eran pintadas con leyendas en favor de los candidatos.

 

Para no ir muy lejos, hace ya casi 15 días en que se iniciaron las campañas para senadores y diputados federales; vale la pregunta si ya conoces a los y las candidatas de los distintos Partidos y alianzas que van a aparecer en la boleta electoral.

 

De las propuestas, pues ya ni que hablar; si no son conocidos los candidatos, mucho menos los compromisos de campaña.

 

Dice Pancho López -el filósofo de mi pueblo- que estos momentos de elecciones son propicios también para que los candidatos y los Partidos aborden el tema del costoso sistema electoral, que debería de ser disminuido cada año y no al contrario, como viene ocurriendo hasta alcanzar cifras estratosféricas.

 

Que los Partidos no tengan que recibir miles de millones de pesos para sus gastos, esa sí es una demanda ciudadana, pero que naturalmente nadie hace nada al respecto.

 

SE RUMORO EN LOS CAFES

 

– Gracias al colega cordobés Caros Armando Duayhe Villaseñor por enviarnos esta oportuna colaboración de  David  Martín del Campo titulada “Pitol, o del verbo viajar”

 

Deambulaba por las apacibles calles de Coyoacán, empuñando la correa de su dócil “Sacho”. Tan en paz que iba con su impecable saco de tweed y el lanudo briquet, como si buscando indicios de un país que había dejado de existir.

 

Paseaban amo y perro adentrándose en el parque de La Conchita y luego, desaparecían porque los dos, Sacho y Sergio, ya no estaban ahí y ahora rondaban por el parque de Malá Strana, mirando transcurrir las aguas del Moldavia en su también entrañable Praga.

 

Pitol vivió, desde que tuvo memoria, de y para los libros. Él lo llamaba “la pasión por la lectura”, pues la suya fue una relación “visceral, excesiva y aun salvaje”.

 

Nacido en Córdoba, Veracruz, hace 85 años, Sergio Pitol fue un niño atípico. A los nueve era ya huérfano, de modo que su abuela Catalina Buganza y sus tíos, los Deméneghi, se encargaron de él. Enfermizo como era, buena parte de su infancia la pasó en cama acompañado por el termómetro, el jarabe para la tos y los libros de la biblioteca familiar que, por veintenas, nutrieron su imaginación… Julio Verne, desde luego, Dickens, Salgari y Mark Twain, pero también, entre la fiebre y el asombro, Chejov, Dostoyevski y Tolstoi, de modo que, podríamos decir, la mitad de su sangre es de origen ruso.

 

A los 16 años, Pitol migra a la ciudad de México, donde inicia la carrera de Leyes y se inscribe, irregularmente, en la de Letras. Así gana la amistad temprana de José Emilio Pacheco, Luis Prieto, Carlos Monsiváis, a los que luego sumará la confianza de Margo Glantz, Hugo Gutiérrez Vega, Juan García Ponce, Víctor Flores Olea, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska. Así, envalentonado, en 1958 (a los 25 años) publica su primer volumen de relatos “Victorio Ferri cuenta un cuento”, muy imbuido por la visión estremecedora de William Faulkner.

 

Pitol, sin embargo, era un sediento del océano. Necesitaba correr mundo y así, en su primera juventud, conoció Venezuela aunque su aprendizaje definitivo sería en la Europa del Este, por entonces llamada “detrás de la cortina de hierro”, donde viviría –interrumpidamente- 28 años. De hecho, llegó cuando se levantaba el Muro de Berlín y la abandonó cuando se hacían los aprestos para derruirlo e iniciar eso que se dio en llamar “la revolución de terciopelo”.

 

Y han sido precisamente esos tres ambientes los que han nutrido buena parte de sus libros: la cuenca de Orizaba-Córdoba y sus cañaverales (donde presenció la muerte de su madre, ahogada en un río); la nostálgica ciudad de México en los años 50 y su misteriosa Plaza de Río de Janeiro y, desde luego, la Europa añeja y a punto de la decadencia que habita en libros suyos como los relatos de “Nocturno de Bujara”.

 

En esos andares, como consejero cultural en las embajadas en Polonia, Francia, Yugoslavia, Hungría y la Unión Soviética (y luego como embajador ante la entonces República de Checoslovaquia) Pitol concilió su ejercicio diplomático con la escritura de buena parte de sus libros.

 

Debemos recordar que en 1968 renunció a su cargo en Belgrado, asqueado por la masacre del 2 de octubre y debió desempeñarse como ‘free lance’ para muy diversas editoriales, sobre todo traduciendo textos del inglés, el italiano y el polaco, de modo que a él le debemos unos 80 libros en castellano, algunos de los cuales reposan en nuestras bibliotecas.

 

Debemos señalar que la narrativa de Pitol es por demás bizarra. A ratos contenida, a ratos sofisticada, a ratos como si dejada llevar por la mano de Borola Burrón (su musa secreta) pero siempre reconocible por el gusto temperado, excéntrico y lleno de nostalgia que tienen sus personajes.

 

En este punto debemos apuntar que algo le ocurrió a Pitol en la cumbre de su madurez. Estaba por cumplir los 60 años, había retornado a su paisaje de cafetales en los rumbos de Xalapa, cuando decidió emprender ese libro de maravilla que es “El arte de la fuga”.

 

Estamos hablando, con seguridad, de un clásico ya de nuestra generación. Un volumen inteligente a rabiar, espléndido y magníficamente estructurado, que lo mismo reúne creación que crítica literaria, memoria que crónica de viajes, enamoramientos estéticos y repulsa política.

 

En esa gran fiesta literaria está su amor por Chévoj, Thomas Mann y Vasconcelos, así como sus recuerdos infantiles en el ingenio de Potrero, donde los gringos y los italianos convivían como si en un campo de concentración con pianos mal afinados, para aliviar el asedio del calor y la lujuria.

 

“Uno es los libros que ha leído, uno es las pinturas que ha visto, uno es la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores y bastantes fastidios”… nos recuerda el autor al abrir el volumen, porque en definitiva “uno es una suma mermada por infinitas restas”.

 

Así lo recordaremos –ahora que ha partido en su último viaje– paseando por el Parque de la Conchita, como si retornando de entre la nieve de Varsovia y el esplendor estival de las Ramblas en Barcelona. Sergio Pitol y su desaparecido “Sacho”, deambulando por el mundo como dos “patas de perro” insobornables.

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